mercoledì 21 gennaio 2015

Gerardo, un uruguayo trotamundos. Viaje por Italia

Gerardo, este uruguayo aventurero, se propuso conocer el mundo entero junto a sus amigos. Este viaje, organizado en parte por su universidad en Uruguay, se realizó durante sietes meses aproximadamente, y prácticamente recorrió los cinco continentes.
Gerardo nos cuenta su experiencia de ser un trotamundos.


Luego de seis meses de viaje y dos de camioneta recorriendo Europa, cruzamos el Adriático en ferry desde Dubrovnik, Croacia. Los policías croatas nos habrán visto pinta de delincuentes, ya que la revisión del equipaje fue de las más minuciosas en el viejo continente. La llegada a Bari y de nuevo las ruedas de las dos Trafic haciendo historia. En ellas los siete trotamundos  uruguayos que aún quedan se siguen conociendo más y más después de tantos kilómetros de ruta. Y llegamos a Roma, dejamos el equipaje en el apartamento previamente alquilado, la camioneta bien estacionada dentro de ese mar de autos parados y empezó la recorrida.
En 20 minutos en bus ya estábamos en el centro. Caminar por el centro de Roma es un viaje en el tiempo. Las esculturas, los grandes monumentos, maravillosas construcciones como evidencia de todo lo que pasó allí y que perdura hasta hoy nos hacen perder la noción de la época en que vivimos. Y nada puede ser más hermoso que eso. 



La visita al Vaticano no pudo ser mejor. Apenas llegamos el primer Papa argentino (¡qué agrande que tienen los porteños con esto!) hablando en la Plaza San Pedro, hizo que congregara a la gran mayoría de los visitantes, lo que nos dio la chance de, luego de sacarle un par de fotos al Pontífice, irnos a los Museos del Vaticano que seguramente esperarían a toda esa multitud más tarde. Para uno que es agnóstico y no muy fanático del arte, debo decir que me fascinó. Las pinturas, los murales, los techos, la Capilla Sixtina, ¡cuánto talento! Con razón las Tortugas Ninja tienen esos nombres. Pero lo mejor de la tarde ocurrió en la caminata a la salida. Muy colgado escuchando la audioguía, en solitario, veo a un hombre que me resultaba familiar. Me acerco un poco más, y encuentro a Mario, el viejo de mi gran amigo Pitu, que minutos después encontraría junto al resto de su familia. Estaban de vacaciones e increíblemente me  los encuentro de casualidad, a decenas de miles de kilómetros de casa, en un lugar al que asisten veinte mil personas por días, allí estaban ellos, como si nunca hubiésemos salido del barrio, como si hubiese pasado por su casa a tres cuadras de la mía. Seremos tres millones nomás, pero mágicamente siempre hay algún uruguayo en la vuelta. Quizá el mundo es muy chico y lo sobredimensionamos.



Último noche en Roma, gran cena de Brunito rematada con postre de la chef Kari y partimos rumbo a Florencia, no sin antes perder a Jorgito, nuestro especialista en italiano, que arrancó para Milano a lo de un amigo en común que vive allá hace varios años.

Habíamos reservado un camping un poco alejado del centro, pero siendo que teníamos vehículo no nos importaba.  Transitando la calle que nos mencionaba la reserva, nos era imposible visualizar un terreno abierto lo suficientemente grande para que sea un camping. Esa era la calle, el GPS no mentía, pero estábamos buscando otra cosa. Llegamos a la dirección indicada, era una simple casa sin carteles ni publicidad. ¿Es acá? ¡Esto es una casa, no un camping! Entremos a preguntar. El señor de la recepción, muy amable, pero que no sabía nada de inglés, se las ingenió para explicarnos (y nosotros para entenderle) que ese era el lugar, y que podíamos tirar nuestras carpas en el fondo de su casa. Pensé que esas situaciones solo se daban en Sudamérica. Ahora entiendo algo de la viveza criolla, viene de estos tanos, no por algo la mayoría de los uruguayos tenemos su descendencia. Nos ofreció dormir en uno de los cuartos, tenía cuchetas, y aceptamos, ya que era el mismo precio. En eso nos comenta que tenemos que pagar una “tasa” de turismo o algo por el estilo. Al rehusarnos, empieza a hablar la Nonna, en un tono muy elevado y cien por ciento en italiano cerrado.  No le entendimos nada. ¿Quién era? La madre del dueño y recepcionista del “camping”. Accedimos finalmente a pagar.

Luego de instalarnos nos fuimos al centro. No faltaron las fotos en el Ponte Vecchio, el carnet de prensa para entrar gratis a los altos miradores de la Catedral que nos ofrecieron una espectacular vista de la ciudad, ni tampoco los helados. Los helados han sido de los mayores placeres culinarios en el viaje, ya que casi siempre estuvimos en lugares cálidos, pero acá sí que eran una delicia. Imposible comer uno solo. Intentamos entrar a la galería donde está el David, pero como no había descuento para estudiantes ni para periodistas, decidimos no pagar y, de casualidad, antes de la salida había una puerta sin guardias donde se veía la famosa escultura por la rendija de la misma. Que me disculpen los críticos, pero no es nada del otro mundo. La misma que estaba en la plaza y la que está en la explanada de la Intendencia de Montevideo. Hay gente que le gusta pagar…

Volvimos a nuestra nueva casa temporal y nos preparamos para la noche, ya que era la despedida de Brunito, quien se volvía a Uruguay. La Nonna se hizo amiga y terminó haciendo la previa con nosotros y mangueándonos  cigarros. El hijo se había ido de joda y ella aprovechaba para tomar alcohol y fumar. Tremenda la Nonna. Ojalá llegue a su edad con ese ímpetu. Inmortalizamos el momento con la cámara y nos fuimos al boliche donde vimos un mono cayéndose desde la espalda de una especie de cavernícola que andaba en la vuelta. Cosas surreales que tiene el viaje.
Resaca mañanera que nos obligaba a abandonar Florencia, esta vez con separación incluida: mientras una camioneta se iba hacia Pisa, la otra arrancaba rumbo a Venecia. Y hacia ésta última partí.

¿Habrá semáforos para barcos?

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